Palabras de un silencio - Segunda Parte
Cumpliendo con lo prometido, aquí esta la segunda parte de mi relato.
Espero lo disfruten:
[...]
Espero lo disfruten:
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Le dije que se saltara las formalidades, que yo solo quería saber qué había pasado… de inmediato, saltó un par de páginas, unas fotos y una llave, que había en un sobre de tamaño oficio. Las conservé. Julio me advirtió que no las viera. Eran cuatro. En la primera, estaba el viejo tirado en el piso, todo lleno de sangre costaba trabajo identificar las apuñaladas entre tantas manchas que tenía su uniforme de policía. Me llamó la atención, que le hubiesen tapado la cara con una especie de mantel. Para que no se le vea el rostro quizá. (Plano americano). La segunda foto revelaba más detalles de eso que le tapaba la cara, era un mantel definitivamente. Pero estaba limpio, solo se lo veía manchado en las partes que había tocado la sangre del suelo. (Primer plano). Le pregunté qué era eso de los planos, y Julio me informó que era el área del cuerpo a la que se le sacaba la foto. Primer plano, era foto del rostro y parte de los hombros; plano americano, era la primera, donde se le veía desde las rodillas más o menos, hasta la cabeza cubierta. La tercera foto fue algo rara, era una foto de sus brazos y manos, todos cortados profundamente. ¿Quién cuando apuñala a alguien le apunta a los brazos? Seguro eran los peores asesinos del mundo, pensé yo. Quizá por eso lo buscaron entre cuatro. ¡Qué hijos de puta! La cuarta foto era de un cuchillo que parecía que estaba hecho de plata, por lo menos la vaina. La foto tenía una pequeña descripción al dorso: “ARMA HOMICIDA”. Todo era muy confuso, y las fotos no me ayudaron a comprender nada. Al contrario, me dejaron con más dudas. Al menos algo era evidente. A tiros no lo mataron. Julio me preguntó si me sentía bien. A lo que no respondí. Pasamos unos minutos en silencio. Él también estaba confundido. Estuve a punto de levantarme e irme cuando se me ocurrió preguntarle si no había algo más. Me dijo que quedaban solo unas cuantas declaraciones. Ocho. Me explicó que rara vez tienen algo relevante. La gente inventa mucho. “Pueblo chico, infierno grande”; dejó salir con desgano. Le di a entender que me daba igual. Él siguió excavando entre notas que se les habían hecho a las personas que habían estado en el bar. Y me dijo que la más coherente parecía ser la del hombre que lo atendía. Relataba lo siguiente: “No era la primera vez que estos muchachos venían por acá, ya era la cuarta o la quinta. La segunda que venían al bar. Siempre hicieron daño, donde iban sino robaban algún que otro animal, empezaban peleas, rompían todo, prendían fuego campos. La última vez que vinieron lo llamé a Antonio, este bar es lo que le da de comer a mi familia, y no quería que lo destruyeran. Él vino y les pidió de buen modo que se fueran, que no queríamos problemas, y que él no haría caso a sospechas sobre ellos por sus antecedentes si se iban sin romper nada. Pareció que se lo tomaron bien. Muy bien. Por dos meses no se supo más nada de ellos. Por lo cual, todo el mundo se tranquilizó, y lo olvidó. Pero personas tan malas no descansan, como la conciencia no se los permite, siguen planeando cómo hacer más mal. Y Antonio fue la víctima esta vez. Era un buen hombre, respetuoso, respetado, muy sencillo. El viernes deben haberse enterado de que él estaba en el bar, y decidieron venir a atacarlo. Es lo que creo, porque desde que entraron no hicieron otra cosa más que provocarlo. Él estaba en una mesa tomando un Gancia, ellos se acercaron a la barra y pidieron una botella de Whisky, que casi acabaron, pero cuando le quedaba una medida, la rompieron a sus pies. Antonio era corpulento, medía más de 1,90 m. Supongo que por eso lo agarraron entre tantos. Ellos lo rodearon, él sacó su cuchillo, un cuchillo hermoso, de plata. Todo el mundo ya se había corrido lógicamente. Eran gente grande, como yo. Ni, aunque quisiéramos podríamos pelear con cuatro jóvenes de treinta años. Fue entonces cuando uno de ellos le tapó la cara con un mantel, al tiempo que los otros tres intentaban sujetarlo ineficazmente. En un intento por destaparse la cara dejó caer el cuchillo y uno de ellos lo agarró. Estaba como loco, los que lo tenían agarrado tenían tanto miedo de que se soltara que empezaron a gritarle al del cuchillo que lo matara, que “matara al viejo de mierda, que a ellos nadie les dice qué hacer, ni dónde estar”. Aun con la cara tapada, y estando sujetado, logró esquivar unas cuantas apuñaladas que le iban directo al rostro, y muchas de ellas las recibió con sus manos y brazos, a modo defensivo, para que no le llegaran al pecho. Le dieron como veinte apuñaladas, y al menos trece logró evadir con sus brazos, algunas llegaron a su torso, pero ninguna a su rostro. Incluso sin ver, el viejo se defendía como nadie. Murió, porque nadie resiste a veinte apuñaladas, sean donde sean, había perdido mucha sangre, para cuando se fueron ya estaba inconsciente. […]” Ahora sí coincidían las fotos. Todo coincidía. Ahora estaba más raro. Sentí un vacío, y pensé en silencio, que quería decirme ese silencio, había algo allí que hablaba. Pero o sabía qué era. Pensé en irme. Me incorporé en la sala, sin emitir más sonido que el de las llaves de mi casa al caer. Eso era, la llave. ¡Julio! ¡La llave! Rápidamente calibro su vista hacia mí. Y sacó la llave del folio. Tenía una pequeña etiqueta verde a modo de llavero. La misma decía: “Pasillo 4 – Casillero 28 (Comisaría)” “Es acá”, dijo el Julio. “Esperame un minuto, es en la sala de al lado”. Para mí pasaron seis. Luego, apareció con un paquete envuelto en diario y un sobre. En el sobre no había más que un par de palabras: “Solo Familia” En el pesado envoltorio encontré aquel hermoso cuchillo con mango de plata y oro que pertenecía al viejo. Estaba manchado, por la sangre. No hizo falta intercambiar palabras con Julio, ambos entendimos que lo correcto era que me lo llevara.
Cuando llegué a casa, dediqué casi una hora a limpiarlo. Era un cuchillo hermoso, pesado. Pensé en cuántos asados se habrá comido el viejo y en cuantos otros habría. Volví a sentirme raro, pero al menos ya no me sentía vacío.
Recién el martes de la otra semana pude contárselo al regalón. ¡Vos vieras cómo se emocionó! Por supuesto que comiendo un matambrito a la parrilla.
Me dolió cada palabra que le conté a mi papá. A él también. Pero estábamos orgullosos del viejo, porque aquella noche que entregó su vida, firmó la sentencia de esos asesinos. Nunca más volvieron a Tancacha. Y mi abuelo, nunca se fue.
Buenas noches, espero les guste.
Atentamete, Thommy Shelby.
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